MORGANA
“Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad.”
— Julio Cortázar
Te escribo estas líneas aunque no hagan falta. Porque cuando te tuve, jamás escatimé en hablarte y mostrarte lo importante que fue tu llegada a mi vida. Compartir momentos contigo fue algo excepcional. Me mostraste una y mil maneras de conocerte con tus tantas manías, que me volvieron paciente a tu manera de ser.
Al día de hoy han transcurrido ya doscientos treinta días desde que te fuiste… y aunque se dice que el tiempo ayuda a disminuir el dolor, la verdad es que no he terminado de entenderlo. Aún conservo el cesto de ropa que me dejaste inservible cada que decidías rascarlo. Lo guardo como testigo de tu paso por mi vida… un viejo vestigio de tu recuerdo aún latente. Aunque ahora es solo un bote de basura, creo que seguiré guardándolo. Es estúpido, pero no me siento lista para soltarlo. Es lo único tangible que me queda, genio.
Me cambié de casa… Sé que también te hubiese encantado vivir aquí. El espacio es más amplio, algo que venía buscando desde hace tiempo, pues quería que estuviésemos más cómodas cohabitando. Pero, no te miento, a veces se siente demasiado grande cuando llego y tú no estás ahí, esperándome como siempre con tu saludo de bienvenida hecho maullido, con ese ligero tono de reproche porque llegué tarde… o pasada de copas. Pero siempre, siempre dispuesta a soportar mis besos y abrazos que odiabas, pero aceptabas como mi forma humana y empalagosa de decirte cuánto te amo.
Me tardé en escribirte… lo sé. Pero no ha sido fácil sentarme frente al ordenador tantas noches y enfrentarme a la pérdida que me dejó tu partida. Aceptar un corazón roto, la garganta hecha nudo, los recuerdos golpeando la mente, las palabras queriendo salir y las manos paralizadas que no quieren escribir para no tener que sentir. Afrontar el día a día y seguir con la vida sin mostrarle a nadie ni un céntimo de lo mucho que me dueles. No te nombro frente a la gente. Si me preguntan por ti, cambio el tema. Digo cualquier barbaridad para no ahondar en mí ni en lo que siento.
Lo he pospuesto… quizá irónicamente esperando el “momento adecuado”. Ese en el que se pueda “sentir menos”, o al menos que se haga más soportable. Pero seamos honestas: nunca hay un momento adecuado para enfrentar las cosas que duelen, que dan miedo, que lastiman, o que te confrontan con una realidad cruda y veraz. Aceptar que lo que era, ya no es. Y que ya no será.
Extraño tus exigencias, como cuando llegabas y te postrabas sobre mi pecho con la vehemencia de pedirme cariño. De cómo tu ronroneo me calmaba, de tu cabeza recostada en mi cuello buscando ese espacio, como desde el día uno en que llegaste. De lo obstinada que eras con tu independencia y libertad, al querer irte por la ventana siempre que se te daba la gana… Y yo no podía negarme ante tal pedido. Muchos no entendían ese afán mío de darte espacio, de dejarte libre para descubrir el mundo a tu manera.
La gente a mi alrededor no comprendía que no eras una mascota, sino una compañera. Y por razones que son parte de la esencia misma de cualquier ser vivo, jamás iba a imponerte una vida de encierro. Me parece lo más ruin que el ser humano ha hecho con otros seres vivos, eso que ahora llaman “mascotas”. ¿Quiénes somos nosotros, los “humanos”, para decidir la vida de los otros solo porque, según nosotros, carecen de “conciencia”? Esa moralidad estúpida, con aires de superioridad, me enferma.
Salí de madrugada, de tarde, de mañana. Publiqué tu foto. Hablé con los gatos pidiéndoles que te llevaran de vuelta a casa. Pospuse la mudanza tres meses con la esperanza de que solo estuvieras perdida. Que regresarías, y no quería que al volver de tus travesuras no me encontraras en casa. Me aferré a esa idea, aunque en el fondo, muy dentro de mí, era inevitable sentir que ya no estabas. Al menos pedía encontrar tu cuerpo, sin importar las condiciones. Yo solo quería poder despedirme. Lo peor es no saber qué pasó realmente. Y hasta en tu partida me enseñaste algo: a soltar.
Fueron poco más de cuatro años las que compartimos juntas, en los que aprendí a “querer a un gato”, como dice Cortázar. Y que no se malentienda: los amantes perrunos también tienen sus historias de amor “incondicional”. Yo también he vivido esas. Pero un gato va más allá de lo convencional. Es entrar en un espiral sin fondo que nunca terminas de comprender. Y ahí radica lo extraordinario: cuando dejas de querer descifrar lo que es diferente a ti, y simplemente lo aceptas como es.
Un perro, lo domesticas a tu forma. Pero un gato… jajaja ¡suerte con eso!
Independencia, valor, límites, presencia, descanso, observación, cariño dosificado, calidad de tiempo, fidelidad a uno mismo, selectividad, cuidado del espacio, carácter… Son solo algunas de las cosas que aprendí de ti. ¿Irónico, no? Lo que te puede enseñar un gato… o más bien, lo que puedes aprender cuando te detienes a observar y decides salirte de ti mismo para estar con el otro.
Un amor incondicional, a su manera, pero sin esas exigencias forzadas que nos han hecho creer necesarias para poseer al otro. Quizá eso aún me cuesta trabajo… pero esas son disyuntivas que dejaré para otra ocasión, con un buen vino y un buen libro.
Nadie está preparado para la idea de que la vida es así, aunque lo sepamos de antemano. Y que la muerte es parte esencial de la misma, pues sin ella no podríamos saborear la esencia de vivir.
La muerte de uno, de alguien o de algo, no es más que la oportunidad de renacer en otros, o en nosotros mismos. Aunque existan nostalgias que se vuelven recuerdos del paso de quienes fueron nuestros, como prueba de que estuvieron aquí, aunque ya no estén más.
Hay ausencias que no se llenan, pero sí se transforman. Tú ahora eres parte de mi forma de amar, de mi manera de estar en el mundo, de mi impulso de vivir más intensamente. Y eso… no se va. No estás, pero existes en mí. Y en esa existencia sin cuerpo, más libre que nunca, me sigues enseñando a mirar la vida como tú la viviste: sin miedo, con alma y a tu propio ritmo. Me dejaste la lección más honda: que amar no es poseer, sino estar. Y aunque ya no estés, yo sigo aprendiendo a vivir con lo que fuiste y con todo lo que en mí aún eres.
Comentarios
Publicar un comentario